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Bodega del Fin del Mundo, quince años de grandes vinos patagónicos


Hacen ya 15 años de aquel 12 de abril de 2003 en el que se abrieron por primera vez las puertas de la tradicional bodega de la Patagonia Argentina. En aquel entonces bajo la forma de un edificio vivo que con los años iría ampliándose para adaptarse a medida que crecían las viñas plantadas y cuidadas celosamente desde 1999.

En conmemoración de su aniversario Bodega del Fin del Mundo llevará a cabo, durante todo este año, 15 grandes experiencias para celebrar, entre las que se destacan: actividades en los lugares más emblemáticos de la Patagonia, eventos en Buenos Aires y Neuquén y el lanzamiento de una edición especial de añadas históricas de Special Blend, el vino ícono de la bodega.

Respecto a estos quince años, Julio Viola, fundador de la bodega afirmó: “Mirando hacia atrás no puedo dejar de sentirme emocionado y orgulloso, fueron años de mucho trabajo, esfuerzo y tenacidad. Hoy podemos decir que fundamos un nuevo polo vitivinícola que es exponente y embajador de la Patagonia en todo el mundo.” Además agregó: “el tener a Michel Rolland apostando al proyecto desde sus inicios nos confirmó que nuestra apuesta valía la pena. Esto habla del gran amor y la pasión que ponemos en la bodega”.  

Sobre la historia de Bodega del Fin del Mundo

Después de tres años de trabajos exhaustivos de investigación acerca del suelo, la insolación y los vientos y de asegurarse la provisión de agua del Río Neuquén, en el año 1999 Fin del Mundo comenzó a plantar las primeras vides. La primera cosecha vinificada fue en el año 2002 y las variedades que se elaboraron fueron Malbec, Cabernet Sauvignon, Pinot Noir, Merlot y Chardonnay.

La primera botella de Bodega del Fin del Mundo que se etiquetó y se puso a la venta era de la línea Postales Del Fin del Mundo, después vendría Newen. Para los vinos reserva todavía faltaba tiempo de crianza pero la bodega apostó por varietales jóvenes que estaban llenos de brío y fruta.

El primer premio que recibió Fin del Mundo llegó de la mano de un Malbec cosecha 2002: una medalla en el concurso Cata D’Or. Todavía la bodega no tenía nombre y la botella no contaba con una etiqueta. Este reconocimiento fue una señal, un augurio del largo camino que le esperaban a los vinos de la Patagonia.

Todo hacía pensar que el futuro era auspicioso en lo enológico, se habían realizado múltiples y detallados estudios que así lo vaticinaban, pero muchos consultores y expertos consultados afirmaban que era una locura plantar en un lugar tan remoto y que además iba a ser muy difícil instalar, en un mercado tan saturado como el del vino, un producto de una región que pocos conocían.

Contrario a lo previsto, el origen Patagonia resultó tener mucho atractivo y, junto a la calidad y singularidad de los vinos, Bodega del Fin del Mundo consiguió que sus vinos se fueran haciendo conocidos. El boca en boca, la curiosidad de un mercado que se abría a nuevas experiencias y el posicionamiento de Patagonia como una zona de producción de calidad conspiraron en favor de la bodega. La primera exportación de Fin del Mundo fue a Holanda. Se enviaron botellas de Pinot Noir y un Blend Sauvignon Blanc-Semillón.

Un par de años más tarde, en 2005, Julio Viola, fundador de la bodega conoció a Michel Rolland mientras dirigía una cata de sus vinos de Bordeaux y decidió tentarlo para que fuera a conocer lo que había desarrollado en San Patricio del Chañar. Michel, un aventurero nato, aceptó la invitación y más tarde, al conocer el potencial de los vinos y de la región decidió sumarse como consultor.

Pasaron años de crecimiento y aprendizaje muy intensos y en 2009 la Familia Viola y la Familia Eurnekian se asociarían para seguir trabajando en el crecimiento de la región y el posicionamiento de los vinos. Hoy, Bodega Del Fin del Mundo y sus vinos son reconocidos en Argentina y el resto del mundo y sigue trabajando, innovando y perfeccionándose para encontrar la mejor expresión posible del terruño y de cada varietal.





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